Mi gato bufa al cachorro nuevo: por qué lo hace y cómo presentarlos bien
El cachorro entra en el salón, descubre al gato y corre hacia él convencido de que acaba de encontrar un nuevo compañero de juegos. El gato, que no ha participado en esa decisión, arquea ligeramente el cuerpo y responde con un bufido. La escena puede preocupar, pero en muchos casos no estamos ante una pelea que empieza, sino ante un gato diciendo con bastante claridad: «No te conozco todavía y estás demasiado cerca». Entender ese mensaje es el primer paso para que la convivencia empiece bien.
Que tu gato bufe al cachorro recién llegado no significa necesariamente que vaya a llevarse mal con él. El bufido suele ser una forma de pedir distancia cuando el gato se siente incómodo, sorprendido o invadido. La clave está en no forzar el contacto, controlar la energía del cachorro y permitir que ambos se conozcan poco a poco, manteniendo siempre zonas seguras para el gato.
Que un gato bufe al cachorro recién llegado no significa necesariamente que vaya a rechazarlo. Darle espacio, evitar persecuciones y realizar presentaciones progresivas puede ayudar a construir una convivencia más tranquila.
El cachorro acaba de llegar a casa. Está encantado, quiere explorarlo todo y, cuando descubre al gato, se acerca con esa mezcla de curiosidad y falta absoluta de prudencia que caracteriza a muchos perros jóvenes. El gato lo mira fijamente, echa las orejas ligeramente hacia atrás y suelta un bufido.
La primera reacción de la familia suele ser preocuparse: «No lo acepta», «se van a llevar fatal» o incluso «el gato quiere atacarlo».
Pero un bufido, por sí solo, no permite sacar ninguna de esas conclusiones.
Para un gato, bufar es una forma muy clara de comunicar incomodidad y pedir distancia. Puede estar diciendo algo parecido a «no te acerques más», especialmente cuando aparece de repente un animal desconocido, inquieto y difícil de predecir. El Merck Veterinary Manual explica que muchas respuestas defensivas del gato relacionadas con miedo buscan precisamente aumentar la distancia respecto a aquello que le preocupa.
El objetivo durante los primeros días tampoco debería ser conseguir que gato y cachorro duerman juntos. Es mucho más realista aspirar primero a algo aparentemente menos emocionante: que puedan verse sin sentirse amenazados, acceder tranquilamente a sus recursos y empezar a considerar normal la presencia del otro.
Un bufido puede ser simplemente una forma de pedir distancia. Durante los primeros encuentros conviene impedir que el cachorro invada continuamente el espacio del gato.
El bufido no es una declaración de guerra
Hay algo importante que recordar antes de interpretar el comportamiento del gato: para nosotros ha llegado un cachorro; para él, ha cambiado su casa.
Hasta ayer conocía perfectamente dónde podía dormir sin ser molestado, qué ruidos esperar, cuándo aparecía la comida y por qué pasillos podía caminar tranquilamente. Ahora existe un animal que huele diferente, se mueve deprisa, puede ladrar, intenta olfatearlo y todavía no entiende demasiado bien cuándo alguien quiere que lo deje en paz.
Que el gato responda con cautela no resulta extraño.
El Merck Veterinary Manual incluye a los perros y otros animales desconocidos entre los estímulos capaces de provocar respuestas de miedo en gatos. Estas pueden manifestarse con evitación, tensión corporal, escondite, gruñidos, bufidos o conductas defensivas más intensas cuando el gato siente que no dispone de una salida segura.
Por eso interesa observar qué ocurre después del bufido, no simplemente contabilizar cuántas veces lo escuchamos.
Situación
Cómo interpretarla
Bufa y se aleja.
Está pidiendo espacio y ha elegido retirarse.
Bufa cuando el cachorro intenta tocarlo o acercarse demasiado.
Está marcando un límite bastante comprensible.
Lo observa desde una estantería y ocasionalmente bufa.
Todavía está incómodo, pero utiliza la distancia para sentirse seguro.
Bufa, gruñe, se encoge y busca desesperadamente una salida.
La interacción resulta demasiado intensa y debemos aumentar la separación.
Golpea después de varios intentos del cachorro por acercarse.
Probablemente las señales anteriores no han conseguido detener la interacción.
Persigue activamente al cachorro incluso cuando este intenta retirarse.
Ya no conviene asumir que estamos ante una simple advertencia puntual.
Un gato que protesta pero después vuelve a comer, utiliza su arenero, descansa y recorre normalmente la vivienda se encuentra en una situación muy distinta de otro que lleva días escondido y apenas se atreve a salir.
Muchas presentaciones salen mal porque el cachorro va demasiado rápido
Imaginemos al gato descansando sobre el sofá.
El cachorro entra, lo ve y se emociona. Corre hacia él, mete el hocico demasiado cerca y mueve todo el cuerpo esperando que aquello termine en juego.
El gato bufa.
El cachorro, en lugar de entenderlo, vuelve a acercarse.
Entonces llega un segundo bufido y quizá una pata levantada.
Desde fuera parece que «el gato está siendo agresivo». Pero también deberíamos preguntarnos por qué hemos permitido que el cachorro ignore dos veces una petición bastante evidente de distancia.
Blue Cross insiste en que uno de los principios fundamentales durante la introducción de gatos y perros es impedir que el perro persiga al gato. Incluso cuando la intención del cachorro sea jugar, la persecución puede resultar muy amenazante para el gato y convertirse además en un hábito cada vez más difícil de controlar.
Por tanto, durante las primeras semanas gran parte del trabajo no consiste en modificar al gato. Consiste en enseñarle al cachorro una habilidad sorprendentemente importante:
ver al gato y no hacer nada.
Eso significa premiar momentos en los que lo observa brevemente y vuelve hacia nosotros, permanece tumbado, continúa con su juguete o permite que el gato atraviese la habitación sin salir disparado detrás.
Disponer de lugares elevados permite al gato observar al cachorro manteniendo el control sobre la distancia y retirarse cuando lo necesite.
Antes de juntarlos, prepara la casa
Un error frecuente es llevar al cachorro al salón y pensar: «Vamos a ver qué pasa».
Es mucho más fácil empezar preparando el entorno.
La Feline Veterinary Medical Association (FelineVMA) recuerda que el bienestar felino depende en gran medida de que el gato disponga de lugares seguros, posibilidades de esconderse y subir, recursos separados y capacidad para controlar sus interacciones con el ambiente.
Con un cachorro recién llegado, eso significa que el gato debería conservar espacios donde pueda seguir haciendo vida normal sin tener al perro constantemente detrás.
Recursos que conviene proteger
Areneros accesibles sin tener que pasar junto al cachorro.
Comida y agua en lugares tranquilos.
Camas y zonas habituales de descanso.
Rascadores.
Escondites.
Estanterías, árboles para gatos u otras zonas elevadas.
Al menos alguna estancia o parte de la vivienda a la que el cachorro no pueda acceder.
No hace falta expulsar al gato de su territorio para construir «la habitación del perro». En realidad, cuanto más conserve su rutina y su capacidad para decidir dónde estar, menos motivos tendrá para sentirse atrapado.
Las barreras permiten que gato y cachorro empiecen a verse sin contacto directo, manteniendo una distancia que facilita presentaciones más controladas.
La altura puede ser mucho más importante de lo que parece
Un buen árbol rascador puede hacer más por una presentación que muchas sesiones de acercamiento forzado.
Desde una posición elevada, el gato puede observar al cachorro sin compartir exactamente el mismo espacio físico. Además, puede retirarse cuando lo necesite.
La Feline Veterinary Medical Association (FelineVMA) recomienda precisamente ofrecer estructuras para trepar y lugares de descanso elevados, ya que aumentan la sensación de control y seguridad del gato.
Esto adquiere todavía más importancia si el cachorro es grande o extremadamente activo.
Un gato que sabe que puede marcharse necesita utilizar menos recursos defensivos que uno que termina acorralado entre un sofá y un Labrador de cuatro meses que quiere jugar.
Empieza por algo menos emocionante: que conozcan su olor
No tienen que verse inmediatamente.
Cats Protection recomienda comenzar las introducciones manteniendo inicialmente a los animales en zonas separadas y utilizando intercambio de olores antes de pasar al contacto visual. Su recomendación actual incluye frotar suavemente a cada animal con un paño limpio y colocar ese olor en el espacio del otro para que puedan investigarlo a su ritmo.
También podemos intercambiar alguna manta o cama cuando ambos estén cómodos con ello.
No necesitamos colocar el paño directamente delante de la nariz del gato ni perseguirlo por la casa para que lo huela. Lo dejamos disponible y permitimos que decida.
Si lo investiga y continúa con su vida, perfecto.
Si lo evita claramente, podemos seguir trabajando esa fase.
Las primeras interacciones deben ser breves y supervisadas. Si el gato muestra incomodidad o el cachorro intenta acercarse demasiado, es preferible aumentar de nuevo la distancia.
El siguiente paso no es juntarlos: Es permitir que se vean
Una barrera infantil, una separación segura de malla o una puerta apropiada puede permitir que ambos animales se observen sin que el cachorro tenga acceso directo al gato.
Aquí interesa hacer sesiones cortas y bastante aburridas.
El cachorro puede llevar correa y recibir recompensas por mantenerse tranquilo. El gato debería poder aparecer o desaparecer cuando quiera.
Cats Protection recomienda precisamente realizar introducciones graduales, mantener al perro controlado y permitir siempre que el gato disponga de una ruta segura para retirarse.
Supongamos que el gato entra.
Mira al cachorro.
El cachorro lo mira.
Recibe un premio por permanecer tranquilo.
El gato se va.
Sesión terminada.
Quizá hayan estado treinta segundos.
Eso puede ser mucho más productivo que mantenerlos juntos durante veinte minutos hasta que alguno pierde la paciencia.
¿Y si el gato bufa desde detrás de la barrera?
No necesitamos dramatizar.
Primero observamos la intensidad.
Si bufa una vez, da dos pasos atrás y poco después vuelve a investigar, podemos mantener una distancia similar o aumentar ligeramente el espacio durante las siguientes sesiones.
En cambio, si cada vez que aparece el cachorro el gato aplasta las orejas, gruñe continuamente, golpea la barrera o huye y tarda mucho en recuperar la normalidad, estamos avanzando demasiado deprisa.
La regla debería ser sencilla:
No progresamos porque hayan pasado tres días. Progresamos porque los animales están preparados para el siguiente paso.
En algunas casas eso ocurre rápidamente.
En otras necesitará semanas.
Blue Cross advierte expresamente que algunas introducciones pueden necesitar varios meses y recomienda trabajar al ritmo que ambos animales pueden tolerar.
Enseña al cachorro a ignorar al gato
Esta posiblemente sea una de las partes más importantes del proceso.
Un perro que sabe sentarse puede seguir siendo insoportable para el gato si cada vez que este se mueve sale detrás.
Antes de aumentar el contacto podemos practicar conductas sencillas lejos del gato:
Responder a su nombre.
Mirarnos cuando se lo pedimos.
Ir a su cama.
Tumbarse y permanecer tranquilo durante periodos breves.
Seguirnos cuando nos alejamos.
Interrumpir una actividad y volver hacia nosotros.
Después utilizamos esas habilidades cuando el gato aparece a una distancia manejable.
No necesitamos repetir «¡NO!» cada vez que el cachorro lo mira.
Queremos construir una respuesta alternativa:
aparece el gato → puedo continuar tranquilo.
El Merck Veterinary Manual recomienda, en problemas conductuales, utilizar manejo ambiental, exposición gradual y respuestas aprendidas mediante recompensa en lugar de esperar constantemente a que aparezca el comportamiento problemático.
Primera presentación sin barrera: controla al cachorro, no al gato
Cuando ambos pueden verse con relativa tranquilidad, podemos permitir que compartan una habitación.
El cachorro continúa inicialmente con correa.
El gato permanece libre.
No al revés.
El gato debe poder decidir si quiere acercarse, observar desde lejos, subir a un mueble o marcharse.
Blue Cross recomienda exactamente este tipo de presentación: perro controlado con correa, gato con libertad para acercarse o retirarse y sesiones breves que terminen antes de que aparezca una situación problemática.
No sostendría al gato en brazos mientras otra persona acerca al cachorro.
Tampoco lo enceraría dentro de un transportín para que «puedan olerse sin hacerse daño».
Aunque físicamente evitemos una pelea, estaríamos eliminando la posibilidad de escapar, que es precisamente una de las herramientas que utiliza el gato para controlar una situación incómoda.
El mejor encuentro puede parecer que no ha ocurrido nada
Estamos acostumbrados a pensar que una presentación exitosa debe terminar con ambos animales oliéndose la cara.
No.
Una escena mucho mejor puede ser esta:
El gato atraviesa el salón.
El cachorro levanta la cabeza.
Lo observa dos segundos.
Después vuelve a su mordedor.
El gato continúa hasta la ventana y se tumba.
Nadie se ha tocado.
Nadie ha jugado.
Nadie ha tenido que intervenir.
Eso es progreso.
La convivencia entre especies no necesita convertirse obligatoriamente en amistad física. Hay gatos y perros que juegan juntos y otros que desarrollan una relación mucho más discreta basada principalmente en ignorarse.
Las dos pueden ser buenas convivencias.
No dejes que «El gato le enseñe quién manda»
Esta idea puede funcionar aparentemente durante un tiempo: soltamos al cachorro y confiamos en que el gato le dé un par de manotazos hasta que aprenda.
Pero estamos colocando sobre el gato toda la responsabilidad de establecer límites.
Si el cachorro ignora repetidamente sus señales, el gato puede verse obligado a aumentar la intensidad. Primero se aparta, después bufa, quizá gruñe y finalmente utiliza las patas o los dientes.
Además, existe riesgo físico para ambos.
Una uña puede lesionar el ojo del cachorro. Un perro que responde impulsivamente puede hacer muchísimo más daño al gato.
Nuestra función consiste en evitar que la interacción llegue a ese punto.
Tampoco castigues el bufido
Un bufido resulta desagradable de escuchar, pero no es necesariamente una conducta que debamos eliminar.
Si castigamos al gato cada vez que expresa incomodidad, podemos aumentar todavía más su asociación negativa con la presencia del cachorro.
El Merck Veterinary Manual señala que los castigos pueden incrementar miedo, ansiedad y respuestas agresivas en gatos y recomienda evitar los métodos aversivos en estos contextos.
En lugar de corregir el sonido, corregimos la situación.
¿El cachorro se acercó demasiado?
Aumentamos distancia.
¿El gato estaba bloqueado?
Creamos una salida.
¿Estaba comiendo?
Evitamos que el cachorro se acerque durante las comidas.
El bufido contiene información.
Conviene escucharla.
Comida y arenero: dos zonas donde el cachorro no debería molestar
Hay cachorros capaces de desarrollar una pasión inmediata tanto por el pienso del gato como por el contenido del arenero.
Para nosotros puede resultar simplemente desagradable. Para el gato puede convertirse en un problema de seguridad dentro de su propia casa.
Cats Protection y Blue Cross recomiendan mantener comida y areneros fuera del alcance del perro para que el gato pueda alimentarse y hacer sus necesidades sin ser perseguido o interrumpido.
Especialmente con el arenero, no deberíamos esperar a que aparezca un problema.
Si cada vez que el gato entra, el cachorro corre detrás para investigar, puede empezar a buscar otros lugares donde eliminar.
Una puerta con acceso selectivo, una barrera apropiada o una habitación reservada al gato puede resolver gran parte del conflicto.
Cómo saber si realmente están progresando
No utilizaremos únicamente el número de bufidos como marcador.
Hay cambios cotidianos que dicen mucho más.
Buenas señales
El gato continúa comiendo y utilizando el arenero normalmente.
Empieza a moverse por la vivienda incluso cuando el cachorro está presente.
Puede observarlo sin permanecer siempre rígido o escondido.
Los bufidos aparecen únicamente cuando el cachorro invade demasiado su espacio.
El perro consigue desconectar de él.
Las persecuciones desaparecen.
Ambos pueden descansar dentro de la misma habitación manteniendo distancia.
El gato vuelve a jugar, rascar y utilizar normalmente sus lugares favoritos.
Señales de que debemos reducir la dificultad
El gato permanece escondido durante gran parte del día.
Come menos o evita determinadas zonas de la casa.
Deja de utilizar el arenero con normalidad.
Cada encuentro termina con gruñidos, golpes o persecuciones.
El cachorro mantiene una fijación intensa en cada movimiento del gato.
El gato parece incapaz de relajarse incluso cuando existe distancia.
Alguno de los dos empieza a resultar lesionado.
La Feline Veterinary Medical Association (FelineVMA) subraya que los gatos necesitan acceso seguro y suficientemente separado a recursos fundamentales como comida, agua, descanso, eliminación, rascado y espacios de refugio. Cuando otro animal empieza a interferir con esos recursos, aumenta el riesgo de estrés y problemas de convivencia.
Especial atención al cachorro que se queda completamente fijado
No todos los perros miran a un gato de la misma manera.
Existe una diferencia entre un cachorro curioso que intenta acercarse para jugar y otro que permanece inmóvil siguiendo cada movimiento, ignora nuestras llamadas y se dispara detrás del gato en cuanto empieza a correr.
Blue Cross recomienda especial precaución con perros que muestran una fuerte tendencia a perseguir, porque un movimiento repentino del gato puede desencadenar la persecución incluso después de periodos aparentemente tranquilos.
En estos casos no aumentaría rápidamente la libertad.
Utilizará barreras, correa y supervisión, y buscaría ayuda profesional si la fijación resulta intensa o difícil de interrumpir.
Un cachorro pequeño también puede crecer muchísimo.
La convivencia debe plantearse pensando en el perro que será dentro de un año, no únicamente en el que pesa ahora cinco kilos.
Los gatos mayores necesitan consideración especial
Un gato de doce años que lleva toda su vida viviendo tranquilamente puede aceptar bastante peor la llegada de un cachorro que otro gato joven habituado a perros.
No necesariamente porque tenga «peor carácter».
Puede tener dolor articular, menos agilidad para escapar, pérdida de visión o audición o simplemente una tolerancia mucho menor a un animal que corre continuamente.
Si antes subía fácilmente a una estantería y ahora tiene artrosis, decir simplemente «que se suba si le molesta el perro» no resuelve nada.
Necesitará rutas accesibles: escalones, muebles intermedios, zonas elevadas fáciles de alcanzar o habitaciones protegidas.
Y si observamos un cambio importante de comportamiento en un gato senior, una revisión veterinaria puede ser necesaria antes de atribuirlo todo a la llegada del cachorro.
Una historia mucho más probable que el vídeo perfecto de Internet
Marta adopta un cachorro de tres meses llamado Coco. En casa ya vive Leo, un gato de seis años que nunca ha convivido con perros.
Durante la primera presentación, Coco se acerca demasiado deprisa y Leo bufa desde el sofá.
Marta decide separarlos.
Durante los siguientes días Coco duerme y come en una parte de la casa mientras Leo mantiene el acceso normal a sus lugares habituales. Intercambian mantas y, después, empiezan a verse durante ratos cortos a través de una barrera.
Leo sigue bufando alguna vez.
No hay grandes avances cinematográficos.
La segunda semana ya puede quedarse sentado en una estantería observando cómo Coco juega.
Después ocurre algo importante: una tarde Leo baja al suelo y atraviesa el salón. Coco lo mira, pero antes de que pueda levantarse, Marta lo llama y recibe un premio por permanecer junto a ella.
Al cabo de varias semanas pueden compartir la misma habitación.
Leo sigue sin querer jugar con Coco.
Y probablemente nunca querrá.
Pero come tranquilo, duerme en el sofá y cruza por delante del perro sin huir.
Coco ha aprendido que no debe perseguirlo.
Eso es una introducción exitosa.
No porque hayan terminado abrazados, sino porque ninguno necesita vivir pendiente del otro.
¿Cuándo pueden quedarse solos?
Más tarde de lo que probablemente nos gustaría.
Mientras exista posibilidad real de persecución, conflicto o juego demasiado brusco, cuando nadie pueda supervisar deberían permanecer separados.
Cats Protection recomienda no dejar a gatos y perros juntos sin supervisión hasta estar seguros de que ambos se sienten cómodos y seguros en compañía del otro.
Esto puede requerir semanas o más.
No existe una fecha automática.
Un cachorro puede haber estado tranquilo durante diez encuentros y reaccionar de forma completamente diferente cuando el gato sale corriendo inesperadamente.
La libertad se aumenta progresivamente.
Lo que no haría durante una presentación
Hay errores que pueden complicar una relación que quizá habría funcionado perfectamente con más paciencia:
Soltarlos juntos el primer día «para que se entiendan».
Permitir que el cachorro persiga al gato porque solo está jugando.
Sujetar al gato mientras el perro se acerca.
Encerrar al gato en un transportín durante el encuentro.
Castigar bufidos o gruñidos.
Forzar al gato a permanecer en la misma habitación.
Colocar comida y arenero donde el cachorro pueda molestarlo.
Aumentar la duración de las sesiones aunque alguno esté claramente incómodo.
Dejarlos solos demasiado pronto.
Esperar que necesariamente se conviertan en compañeros de juego.
La buena presentación no es la más rápida.
Es aquella que evita que alguno aprenda que la aparición del otro anuncia una situación desagradable.
Cuándo deja de ser una adaptación normal
Unos cuantos bufidos durante los primeros encuentros pueden ser completamente compatibles con una adaptación normal.
Pero hay momentos en los que merece la pena consultar.
Contactará con el veterinario o con un profesional cualificado en comportamiento si:
El gato deja de comer o beber adecuadamente.
Permanece escondido de forma persistente.
Empieza a orinar o defecar fuera del arenero.
Se producen peleas o lesiones.
El cachorro muestra una fijación intensa y constante.
Las persecuciones continúan pese al manejo.
El gato parece aterrorizado incluso estando a mucha distancia.
La situación empeora progresivamente en lugar de mejorar.
Aparecen conductas nuevas que podrían estar asociadas con dolor o enfermedad.
El Merck Veterinary Manual recomienda reducir primero la exposición a aquello que provoca miedo, garantizar seguridad y utilizar introducciones graduales mediante desensibilización y asociaciones positivas cuando el animal puede mantenerse suficientemente tranquilo.
Preguntas frecuentes
¿Es normal que mi gato bufe a un cachorro nuevo?
Sí, puede formar parte de una respuesta defensiva normal durante los primeros encuentros. Un bufido aislado suele indicar que el gato quiere aumentar la distancia. Debemos observar el contexto y comprobar si después recupera su comportamiento habitual.
¿Cuánto tiempo tardará en aceptarlo?
No existe un plazo universal. Algunas presentaciones avanzan en pocos días y otras necesitan semanas o meses. Blue Cross recomienda trabajar siempre al ritmo de ambos animales y no acelerar el proceso únicamente porque haya pasado determinado tiempo.
¿Dejo que el gato le dé un manotazo para que aprenda?
No utilizaría al gato como responsable de educar al cachorro. Nuestra función es evitar que el perro invada repetidamente su espacio. Un golpe puede producir lesiones y también provocar una reacción defensiva del perro.
¿Puedo reñir al gato cuando bufa?
No es recomendable. El bufido comunica incomodidad y el castigo puede aumentar miedo y tensión. Es preferible modificar aquello que ha provocado la reacción.
¿Pueden comer juntos para acostumbrarse?
No hace falta. Es preferible que ambos dispongan de lugares tranquilos para comer sin competir ni vigilar al otro.
¿Qué hago si mi cachorro intenta perseguirlo?
Interrumpe la situación antes de que empiece la carrera, aumenta la distancia y utiliza correa o barreras mientras entrenas respuestas alternativas. No permitas que practicar la persecución se convierta en parte de la rutina.
¿Es necesario que terminen siendo amigos?
No. Una convivencia estable puede consistir simplemente en que ambos animales compartan la vivienda, utilicen sus recursos y descansen sin sentirse amenazados.
¿Cuándo puedo dejarlos solos?
Cuando exista una historia suficientemente larga de interacciones tranquilas y estemos razonablemente seguros de que no aparecerán persecuciones o conflictos. Hasta entonces, es preferible mantenerlos separados cuando nadie pueda supervisar.
El día que el gato deja de bufar quizá ni siquiera te des cuenta
Las buenas presentaciones suelen ser mucho menos espectaculares de lo que muestran algunos vídeos.
No existe necesariamente un momento en el que el gato se acerca, toca la nariz del cachorro y decide que ya son amigos.
Puede ocurrir de otra manera.
Un día el cachorro estará tumbado mientras el gato atraviesa el salón y nadie reaccionará.
Otro día el gato decidirá dormir en el sofá aunque el perro esté debajo.
Quizá meses después compartan una cama.
O quizá nunca lo hagan.
Lo importante es que el gato conserve la sensación de que puede moverse por su casa, utilizar sus recursos y decidir cuándo acercarse. Y que el cachorro aprenda que la presencia del gato no significa automáticamente juego, carrera o persecución.
Entonces los bufidos empezarán a espaciarse.
No porque hayamos conseguido que el gato «se rinda» o se acostumbre por obligación, sino porque cada vez tendrá menos motivos para pedir distancia.
Y ese es un objetivo mucho más importante que conseguir una fotografía bonita de los dos juntos.
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